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PREFACIO agosto 23, 2010

Posted by marcosrueda in 1.
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La historia se escribe siempre después, y siguiendo los buenos consejos de un precoz contador de historias amigo mío (CC), cortaremos el tiempo, cual físicos teóricos que son “genios andantes” y fraccionaremos las partículas de arena cual reloj borgesiano lo menos posible para reducir el tiempo transcurrido hasta hoy, procurando no usar la sintaxis característica para contarla.

 

Ya buen rato lejos de pegar letras en papeles falsos, pero que igual se quedan grabadas, ¿eternamente? quien lo sabe, algún día se borraran, pero la memoria y los recuerdos de boca en boca perdurarán hasta que sean útiles, hasta que las últimas retinas se cansen de ver los parpados cerrados de esos cuerpos putrefactos y dejen de existir una vez más, quizá sea la única manera de dejar de verte, quizá tan solo el estado estacionario de la materia pueda luchar con ese corazón cansado de apretujar cual bomba, cual latidos insulsos de un motor primario que pasó a ser secundario.

Cobardía encima que impide correr el riesgo de buscarte, y que alegría podría ser encontrarte de casualidad, como aquella mañana enclaustrados donde perdí juvenilmente una cajetilla de cigarrillos y gane un día más contigo.

Felizmente adaptado a la humedad que ya no es de tu cuerpo sino aquella que la brisa trae desde los mares que ya no son míos, ni tuyos ni de nadie. Tristemente acompañado de lunes y domingos seguidos, de tardes cortas, de alegrías tan propias de ti, de tu alma saliendo por tus palabras y llegando precisamente donde correspondía, a la mía. Viajando mil horas para verte un par de minutos sí que valdrán la pena y el trajín, nunca más pelos en la lengua que eran tan placenteros retirarlos dulcemente; rompiéndome la mente descifrando esa frases ocultas entre líneas que los ojos no ven, que ni el cuerpo siente, y la verdad –decías-  solo necesitabas una parte de mi, que parte me pregunto por momentos, quizá solo esos 2 minutos que eternamente nos bastan.

Las cursilerías dejarlas para los fantoches que viven engañados, entre esos enredosos hilos que ellos mismos manejan; que tan difícil es aceptar lo que a uno le toca, pero allá  aquellos que se resignan, benditos resignados que siguen caminando y no se quedan como uno, como estatuas imbéciles de piel de piedra convertidos así por esos rigores adamantinos que penetran hasta el pensamiento en el peor de los casos.

Nunca me cansaré de vivir de esta manera, encontrar la satisfacción que no depende más que de uno es una gracia egoísta, pero en fin, gracia. Y se agradece a quienes colaboraron e hicieron posible no olvidarte aún. Descubrí que no hay últimas veces, hay sí periodos de lejanía y de cercanía, no se discriminarlos aún fehacientemente pero sé que existen por alguna razón y es aprendizaje de vida .

A veces dejo de dormir en camas vacías, y se acompañan con frutos que vienen de muy lejos en arenas compactas y añejas, y en rincones dentro de esta ciudad gris descubro por labios ajenos que se pude ver el mar desde ese último piso, y la noche se va volando y descubro que un desayuno bueno nunca será una bebida de cola y que aún  no hay nada como el cuarto de siglo cumplido contigo, recuerdo aún los detalles previos y posteriores, recuerdo el día siguiente que aún no acaba, tan lustro como el tiempo que ha pasado y aún no acaba, parece hace tanto pero fue tan hace poco y el aroma del café que ahora últimamente estoy preparando me lleva de inmediato a sin fin de lugares, a los cuales vuelvo de regreso a la ciudad que ya muy pocas veces veo, tratando de asimilar la nostalgia y añorando los recuerdos que fueron cogidos y escondidos por alguna misteriosa fuerza de este mundo; nunca hubieron compromisos de por medio ni exigencias mías. Lo más cercano fue tu fuerza de volver tras un año de lejanías y estando a punto de zarpar rumbo a Denver como primera escala lo único que pensé fue en volver lo más pronto posible. Los recuerdos llegan sináptica y aleatoriamente y los dedos fluyen sobre esta máquina que encierra muchas evidencias y pruebas de los mejores años de mi pasado. La euforia permanece incólume como si mi cuerpo y alma la merecieran, por añadidura descubro que debe ser lo que me ayuda a seguir andando en este valle de reyes que fue y ahora más parece de mendigos  y esclavos sociales.

 

A recordar se dijo.

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